Actualmente hablar sobre el norteño estado de Tamaulipas, lleva una carga implícita de desazón, miedo y franca incertidumbre. La fallida guerra contra el narcotráfico que la pasada administración calderonista declaró al crimen organizado y en específico a los –entonces- seis cárteles de la droga, ha provocado no solo la abrupta caída de la reputación de los estados fronterizos, sino la multiplicación de estos seis grupos; ahora el gobierno mexicano lucha contra 8 más, es decir, 14 poderosos cárteles que chocan entre sí, por las rutas de trasiego y distribución de narcóticos.
Decapitados, destazados; videos en la internet que muestran la ausencia total de humanidad al presentar torturas y ejecuciones en tiempo real, al más puro estilo de los extremistas árabes, que en 2003 estremecieron al mund, al subir a la red videos de decapitaciones de varios occidentales, entre ellos el periodista del New York Times, Daniel Pearl y el contratista estadounidense Nicholas Berg.
Desde finales del 2007, material con el mismo contenido sádico, comenzó también a circular en internet, pero ahora con fondo de música de corridos, con los verdugos protagonistas, no hablando persa o kurdo, sino un español con acento norteño y que amenazaba a los grupos rivales.
El terror emulado de los combatientes árabes, era ya adoptado y plenamente usado por los sicarios y grupos de choque narcotraficantes mexicanos.
La saña corrió a velocidad vertiginosa. Un lustro después de la primera guerra mediática y cubierta en tiempo real, como fue la primera incursión a Afganistán y la toma de Bagdad, en Irak, en marzo del 2003 por parte de los Estados Unidos, tras los ataques del 11 de septiembre, las prácticas aplicadas por los diferentes grupos insurgentes Muyahidines a sus prisioneros de guerra estadounidenses y parte de la coalición, empezaron a aplicarse en estados como Nuevo León, Chihuahua, Tamaulipas, Michoacán y Guerrero.
Ciudades como Victoria, en Tamaulipas, fueron sitiadas por la violencia, los asesinatos y las extorsiones. Municipios como San Fernando, en ese mismo estado, han sido marcados por los robos a transporte público, así como por la masacre de más de 70 migrantes provenientes de centro y Sudamérica. La fallida guerra de Calderón ha dejado un saldo de 80 mil muertos –entre ellos 83 periodistas- más de 2500 desaparecidos y 73 municipios gobernados por el crimen organizado.
Ante un paisaje tan desolador ¿quién querría ver más allá de esos estados tan tristemente célebres?
¿Podría usted creer, que en ese estado, justo en medio de la Sierra Madre Oriental, pudiera existir el hombre más viejo de México?
Es más, el cuestionamiento se desdobla, se extiende: ¿Pudiera usted creer que en medio de esa vorágine, existiese un cielo, tan increíblemente alejado del infierno Zeta que dista a menos de cuatro horas de distancia de su plaza principal, Ciudad Victoria?
Para verlo con nuestros propios ojos, viajamos en un autobús que nos llevó desde la Terminal de Autobuses del Norte, en la Ciudad de México, hasta la Terminal de Autobuses de Ciudad Victoria, Tamaulipas; bastión Zeta y en constante defensa de esa plaza, tras los intentos del Cartel del Golfo, por recuperar palmo a palmo lo que, hasta antes de la escisión en 2008 con su ex grupo armado, Los Zetas, han perdido.
La salida de la capital fue a las 10 de la noche y el tiempo aproximado de viaje sería de poco más de nueve horas. El autobús era impecable, sus asientos reclinables daban la comodidad suficiente como para olvidar por un rato, que nos dirigíamos a una de las ciudades más peligrosas del país, donde nuestro contacto ya nos esperaba.
La fotógrafa, Angélica Silva, parecía ajena al contexto y más aún con el par de dramamines que nos propició y que causaron un efecto de arrullo por las primeras horas de trayecto, al grado de quedar profundamente dormidos, para luego, ser despertados por un Policía Federal que se había subido al camión.
Estábamos en un retén, justo en la mitad de la nada y con un clima que helaba los huesos. El federal pidió identificaciones de todos los pasajeros y se detuvo justo al lado mío. Le extendí ambas credenciales de elector y nos alumbró por un momento. Su aspecto imponía: más de metro ochenta con un AR-15 terciado a la espalda y una pistola Glock .9mm al cinto que, sin querer, nos recordó que íbamos directo a territorio en conflicto, donde no se sabe quién es quién, donde los halcones -visores a servicio de los grupos delictivos- son desde taxistas, y vendedores ambulantes, hasta niños de 11 años y que tienen un especial gusto/rechazo por los periodistas.
De nuevo carretera. Oscuridad total que se rompía por momentos al ver reflejos de luces de otros automóviles que serpenteaban carreteras en contra sentido, yendo en dirección opuesta, saliendo del monstruo que ha lavado miles de millones de dólares y que pareciese incontenible.
El sueño fue mayor que las reflexiones y las respiraciones somnolientes a coro de todos los pasajeros, volvieron a escucharse. Quise levantarme a platicar con el operador, pero éste desvió el camión al acotamiento, siguiendo las órdenes de unas luces que venían de frente y que lo obligaban a orillarse.
Eran soldados. Una unidad de fuerzas especiales que en retén, revisaba el transporte de pasajeros. Uno de ellos, con chaleco naranja y tiras reflejantes, nos ordenó sacar de nuevo las identificaciones. La revisión fue más exhaustiva con un pasajero a dos asientos de donde íbamos nosotros.
Tres horas después, el sol salía naranja y bañaba toda la capital del estado. La terminal de Ciudad Victoria tenía poca gente a las 8:15 de la mañana. Nuestro contacto llegó al lugar al cabo de 10 minutos y salimos después de un café que bebimos en su casa, rumbo a Jaumave, cabecera municipal tamaulipeca a 45 minutos de Victoria y punto de encuentro con nuestro otro contacto, aquel que nos llevaría lejos de los levantones, los narcos, las camionetas, el estruendo, el smog, la luz, el agua corriente, el DF, la internet; la tecnología, aquel contacto que nos llevaría a la Reserva de la Biosfera “El Cielo”.
Fueron tres horas de subida en una camioneta 4x4 que por momentos, parecía que no fuera capaz de subir por las escarpadas laderas y sinuosos caminos de piedra suelta. Bardo Hernández, oriundo del Estado de México y con cinco años de vivir entre la sierra y el municipio de Jaumave, conducía diestro y se abría paso por la majestuosa sierra madre oriental.
Con cuatro ecosistemas que aún se mantienen en estado primigenio, la abundancia de distintas especies de fauna y flora, muchas de ellas endémicas, hacen que El Cielo sea eso, un cielo, un paraíso alejado de la situación actual que vive el estado y sitio perfecto para la comunidad científica que realiza estudios en esta singular zona.
Ubicada en la región sureste de Tamaulipas, y dentro de la Sierra Madre Oriental, esta reserva comprende 144,530 hectáreas que forman parte de los municipios de Gómez Farías, Llera, Jaumave y Ocampo. Gracias a un decreto estatal emitido en 1985 que la declaró Reserva de la Biosfera, y un año más tarde fortalecida como Reserva de la Humanidad por las Naciones Unidas.
Y es ahí, justo en medio de toda esa belleza ecológica, donde el ejido 20 de abril se abre imponente, como cañón verde de paredes intensas y brillantes. Esta comunidad está compuesta por poco más de 30 familias que han crecido y vivido ahí, desde siempre, entre caballos y vacas sueltas que se pierden y se encuentran en el monte.
Ya nos esperaban. En los rostros ocres de todos ellos no se ocultaba la sonrisa. Son hombres de campo, fuertes y toscos; con un brillo único en la mirada que hace contraste con la dureza de sus manos, curtidas por los años de trabajo rural, de la fricción quemante de la reata con la que lazan a sus caballos cuando estos salen desbocados a los huizachales.
La felicidad se respira a cada inhalada de aire fresco, puro y astringente. Los silencios son más que majestuosos porque ahí, en El Cielo, sí se escucha el silencio. Basta alejarse unos metros, no hablar y sólo escuchar los cascos de caballos que se acercan, zumbidos intensos de algún insecto o hasta el agua de la laguna inmensa que se mueve leve al compás del viento.
Es fiesta en la sierra, en el ejido 20 de abril, justo en el ombligo de la reserva de la biósfera El Cielo, sus pobladores hablan de la presencia de nosotros con gran revuelo y nos tratan como verdaderos invitados a su mundo, a su casa de mil colores y mil sonidos.
Nos prepararon caballos; altos ejemplares que ya estaban listos para ser montados por nosotros. Nos guió Toño, arriba de su alazán y con su escuadra fajada en la cintura, nos llevó al Sótano, grieta inmensa con dudosa profundidad, pero que por más piedras que se avienten, no se logra adivinar que tan al fondo haya caído. Al menos 150 metros hay hasta su sima y unas cuantas historias de valientes que se han bajado a rapel para saber que hay y si en verdad existe un fondo, después de todo, estámos en El Cielo.
El festín se acercaba, la leña ardía y una parrilla instalada en el enorme terreno de la casa de César, agricultor y padre de dos niños, se calentó al grado de llegar a un rojo intenso que después se moderó lo suficiente como para echar los pollos en axiote en toda su superficie. El olor era exquisito, así como las tortillas hechas a mano, la salsa martajada con chiles recién cortados, la cerveza, la hospitalidad de la gente del ejido 20 de abril.
Comimos con las manos. En la sierra los cubiertos salen sobrando, más si hay una plática de por medio, como las que estos hombres entablaban sobre la última “coleadera”, evento donde varios ejidos se juntan en gran fiesta charra y donde el ánimo y la alegría se vuelcan al ver a los jinetes “chorreando” la montura al tirón del toro sometido.
La noche seguía su curso y no hay más luz que la que daba la hoguera intensa alimentada por momentos. Bardo, nuestro contacto de Jaumave y quien también tiene una casa de madera y piso de tierra, así como animales y caballos en la sierra, acompañaba con una vieja guitarra, los corridos compuestos por aquellos hombres de campo; corridos que hablan de su pasión por la labor agrícola, el amor a sus caballos y la lealtad de las amistades forjadas a punta de años en medio de aquel paraíso.
EL BALAZO
Justo en medio del jolgorio y las canciones, brillaron las armas; viejas escuadras .22 que al menos dos de nuestros anfitriones traían fajadas al cinto. El cuadro lucía fantástico: una noche impenetrable, baile, calor de fogata, comida a raudales, cerveza helada que fluye y fluye de mano en mano, hasta que de pronto, un estruendo sordo y seco seguido de un fogonazo justo frente a la cara de Bardo, y que detuvo la música por un instante.
Supe que algo andaba mal, el silencio reino por segundos eternos:
- Ya la cagaste- Dijo el cantor, dirigiéndose al que en la tarde fuera nuestro guía a caballo y quien aún blandía su escuadra en la mano derecha.
- Me diste en la pata-
Mi reacción casi inmediata fue sacar la cámara de video que estaba dentro de la camioneta 4x4, grabar el suceso y ver qué se haría con aquel cantor herido de bala. La ojiva calibre .22 mm le perforó la bota de trabajo de cuero negro, partiéndole el empeine y rompiéndose en dos pedazos que salieron por la planta del pie, en dos agujeros perfectos dejados en la suela.
Su pie chorreaba sangre por aquel minúsculo agujero y la fiesta amenazaba con volverse tragedia. El rostro de las fotógrafas Angélica Silva y Jessica Alcántara era impávido, y sólo dejaba entrever una preocupación por el desenlace de aquel suceso.
Caminé hacia Bardo que no soltaba la guitarra y miraba anonadado el pie sangrante de su compañero musical.
- Hay que llevarlo a un hospital, está sangrando mucho.- Mi sugerencia a Bardo estaba al grado de llegar a un ruego.
De pronto, caos. El acento norteño impasivo de los otros hombres, ese que causa incertidumbre y alerta los sentidos, rompió la delgadísima calma que, entre jaloneos y empujones, quería arrebatar una pistola amartillada, cargada y a nada de soltar otro disparo.
El hospital más cercano estaba en Jaumave, a tres horas de aquel lugar remoto de la sierra.
Me acerqué a Bardo que estaba absorto y no creía lo que pasaba. Mi voz cambió por un momento y sólo atiné a pedirle las llaves de su casa, ubicada a unos 200 metros de donde estábamos. Me urgía sacar de ahí a las fotógrafas.
Luego de regresar a la realidad, Bardo me extendió unas llaves que arrebaté para irnos del lugar, a sólo 200 metros de aquel hombre con un balazo en el pie derecho. La noche nos arropó por completo, el sonido de motor de la camioneta rompió el silencio y sólo voces aisladas que se fueron apagando quedaron en el entorno. Dormimos.
“Lo llevaron a Jaumave”, eso fue lo único que al otro día, a las ocho de la mañana, me dijo Candelario, el hermano del baleado y quien, tranquilo atizaba el fuego para calentar agua para café. “Le taponearon con cal viva y se lo llevaron pa´bajo.”
Y así, sin más explicación, se dio por terminado el suceso del balazo. Hoy sabemos que Jaime ya camina, que va evolucionando y que está por componer otro corrido de cuando fueron unos del DF y que corrieron espantados tras un “rasguñito” que le dió su hermano por accidente.
DON NATO
Su mujer, Jasilda, dice que tiene 104 años, él, dice tener 110 y ser originario de Los Ojos de Agua, Tamaulipas. Ella, con 85 años a cuestas y oriunda de Miquihuana, poblado dentro de Ciudad Victoria, está con Don Nato desde hace 25 años, luego de que él enviudara y se quedara sólo, en medio de la Sierra Madre Oriental.
Es sordo y a penas si entendía nuestras preguntas, por lo que Jasilda -quien ya se había hecho una trenza- para calmar los largos cabellos negros que estaban sueltos hasta antes de nuestra visita, fungió como intérprete y nos tradujo a gritos mis preguntas. Don Nato asiente por naturaleza, pero no entiende nada de lo que le pregunto, hasta que su mujer se encarama justo frente suyo y empieza con la traducción.
Llevan ahí toda su vida. Se han dedicado a la siembra de maíz y frijol y a la crianza de gallinas ponedoras. Jamás, en sus ciento y pico de años, ha salido de su estado y muy poco recuerda de las épocas revolucionarias; “estaba muy chico”, dice después de que Jasilda le gritase que si tenía recuerdos de la Revolución.
Sus memorias pasan a segundo término. Don Nato pese a su edad, está entero. Camisa blanca y pantalón café claro, así como unas botas de trabajo y un sombrero que termina de enmarcar su tierna persona llena de arrugas y, como todos, dureza en las manos que descansa en su regazo cuando se sienta en un tronco, afuera de su casa.
El diálogo es breve, su sordera es atroz, pero no tiene que decir mucho: su imagen con el azadón en mano, erguido sobre ambas plantas, nos hace sentir ridículos...
Jasilda lleva más de una caída en mula yendo sierra abajo, a Jaumave. Dice que se patinó el animal y que le cayó encima; se fracturó una pierna. La otra, dice, “namás fue el susto”. Es morena, de cabellos increíblemente negros y lacios. Nos enseñó su casa, un pequeño cuarto que cuenta orgullosa cómo lo construyó con sus propias manos, con ayuda de los hermanos con los que departimos la noche anterior. El agradecimiento infinito se refleja en su voz y en sus ojos que se aguan como si de pronto le vinieran recuerdos a la mente.
Les preguntamos ilusamente: “¿Qué les hace falta?” Su respuesta es nítida, clara como el nombre mismo del lugar donde han vivido toda su vida:
“Nada, no nos hace falta nada.”#