miércoles, abril 06, 2011

De Playa del Carmen y las gratitudes.

Despedirme de este lugar, o más bien, desprenderme de este lugar que me albergó por los pasados dos meses y medio, tiene cierta carga de sentimientos encontrados. De hecho, ha sido toda una vorágine todo lo vivido y aprendido; una constante sensación de absoluta libertad tan placentera, que raya en el hedonismo .

Por mi, me quedaba acá, en donde la vida tiene otro tono, donde hay tiempo para disfrutar del resto del día después del trabajo, donde la playa y el inmenso fulgurante mar turquesa me queda a menos de seis cuadras; donde cada día con sus respectivas noches, nuevas almas mezcladas en este collage cosmopolita caminan, trabajan, aman, viven, sufren, ríen y vuelven a vivir, con un algo intangible y carente de adjetivo que nos hace iguales.

Así es Playa del Carmen y su gente de todos lados; sus residentes rubios, negros, menonitas, mestizos, mayas, pelirrojos. Así es este pueblo que hace a penas 10 años se volvió mina de oro para los que tuvieron visión y emprendieron su individual aventura en un poblado de pescadores.
Hoy es un destino de primer nivel con lo mejor en todo aspecto.

Aún no me marcho y ya extraño a Teresa y a Takeo. Buenos, nobles y de un corazón que no les cabe en el pecho. Me dieron casa, me dieron de comer, de beber; me abrieron las puertas de su pequeño gran espacio que no dudo que en poco tiempo mute a algo todavía mejor para ellos, se lo merecen, si, le lo merecen en toda la extensión de la palabra.

Cada día trabajan para darse la vida que ahora tienen, lejos del caos y los prejuicios; lejos de las lenguas vituperantes, el chismorreo patán y lastimoso, complaciendo todos los días a su espíritu con las cosas más insignificantemente llenadoras, como ir a comer a su lugar favorito: “Los Aguachiles”, y hasta repetir gustos en otro restaurante sin que nadie, -nadie- los joda.

Si, los extraño. O al menos tengo la certeza de que extrañaré sentarme a ver películas con Teresa y caminar sobre la quinta avenida, comer en McDonalds y pendejear en cuanta tienda se le ocurriera meterse. Le voy a extrañar sus enojos, sus reclamos sobre por qué le digo “Chetos” a su perro, si en realidad se llama “Machete” y qué se yo, me da hueva el nombre completo, por eso es simplemente “Chetos”. Si, el pitbull con alma de gato y problemas para venir cuando se le llama, pero tan increíblemente inteligente como para aprender a rodarse en menos de 45 minutos y después de sus otras tres gracias que domina.

El “Chetos” es mi amigo. De hecho está echado al lado justo ahora, con su cara de foca triste y su hocico alargado. Por más de nueve semanas me dejó entrar a su casa y dormir a su lado en la colchoneta que el Nazi me dejó pa que me tendiera, pensando que la botaría en poco tiempo al permanecer en el “periódico” y que después me negaría a trabajar por pésimo y ordinario.

Y Takeo. Sólo hay una persona en el mundo que en mis años de vida se le puede parecer, y éste, aquellos que han leído esta vaina o que saben a que me refiero, está apartado viviendo lo que le toca vivir.

Al Takeín lo forman corrientes de agua intensas y contrastantes, todas al final se le revuelven en el pecho y lo hacen ser quien es. Lo conocí cuando era niño y jamás cruzamos palabra hasta que se hizo amigo de mi hermano, después, como si nos hubiéramos conocido de años atrás, platicábamos en total armonía y respeto.

Pero en realidad lo conocí acá. Y abiertamente le agradezco por todo el apoyo que me dio junto con Teresa, por hacerme sentir en casa y pertenecer a un núcleo, a una pequeña familia. Jamás olvidaré la experiencia que fue vivir con ellos y mucho menos olvidaré todo lo que hicieron por mí, por alimentarme cuando no tuve nada que comer, por beber –siempre- a toda hora, en cualquier lugar y siempre ser excelente compañía.

Yo no sé si sea que venimos del mismo “pueblo” y que nos hace cuidarnos, pero JAMÁS me sentí ajeno y todo el tiempo de convivencia constante me avalan para legitimar la bondad de esta pareja con inmensa calidad humana.

Ahora yo me voy de nueva cuenta. Dejo a LA gente de acá, a los que empecé a conocer: a Clarita y su madre; dueñas del Roof Bar, lugar que se hizo mío y que me dio más que cerveza; al Angelito, a mis cuates Angelo Y Giussepe Candela, los italianos más copados que he conocido. A los que conocí y que siempre tuvieron buena vibra: Al Alvarito, su “GANJAH” y al Adrián, del Fairmont Mayakobá; a Cándido, Laura, Rosita, José y hasta la Tequila de la Cigar Factory.

Hablé, conocí, aprendí, VIVÍ lo que quise y como lo quise y lo seguiré haciendo, pero ahora la nueva etapa llega antes de lo que pensé, pues toda esta verborrea es para auto apechugarme y salir de este paraíso con la clara visión de verme sentado al lado de mi amigo Yussel González, en la redacción, no precisamente la de MVS Noticias, pero sin duda sigue siendo territorio Aristegui.

GRACIAS TAKEO, GRACIAS TERESITA, GRACIAS CHETOS.
Gracias a todos los que han estado ahí, no saben que bien se siente saberlos en mi vida!

NO JUZGUEMOS, VIVAMOS!
NASH.



2 han desdoblado su opinión.:

  1. Reservamos un Hotel en Playa del Carmen con mi familia para nuestras vacaciones y esperamos pasarla de la mejor manera en la zona. Saludos!

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  2. Hola Nash! Muy lindo lo que has escrito! Y parece que lo que has vivido también fue muy bueno... Yo estoy pasando por una experiencia similar, pero en madrid... Saludos!

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